Estrategia e implementación de soluciones.
Dos jornadas con Francisco Santolo, en Buenos Aires. Traes un proceso que hoy te consume tiempo y sales con él resuelto: una solución publicada, con un agente trabajando adentro.
Dos días presenciales para potenciar tu negocio con IA
Cambia el rubro, cambia el tamaño, y la escena se repite. Si te reconoces en alguna, este intensivo está escrito para ti.
«Facturo por hora y se me van tres días armando informes que nadie lee dos veces.»
Te vas con el informe armándose solo, con los datos que ya tienes. Esas horas vuelven a ser facturables.
«Para saber qué se vendió y cuánto debo abro cinco planillas, y ninguna coincide.»
Una sola vista del negocio, y el pase entre depósito, administración y facturación ocurriendo en una misma ficha.
«Me entero tarde de todo. El proceso se traba entre dos escritorios y nadie avisa.»
El seguimiento deja de depender de que alguien se acuerde, y la alerta te llega a tiempo.
«Las propuestas personalizadas me comen las tardes, y son las que cierran.»
Las propuestas se arman en minutos, y un asistente se ocupa de lo que hoy no llegas a hacer.
Nadie se anota a dos días de intensivo porque le interese la tecnología. Se anota porque hay algo que quiere que cambie. En general son tres cosas a la vez.
Y no volver a perderlas. No una vez: que quede resuelto y siga resuelto cuando tú no estés mirando.
Ves lo que otros muestran, pruebas un chat, no pasa nada, y queda la sensación de estar atrás sin saber de qué.
Que cuando te ofrezcan «un agente» sepas cuál te están vendiendo, cuánto vale y si lo necesitas.
Quieres comprobar que puedes. Que no hace falta ser técnico, ni contratar a nadie, ni esperar seis meses. Que describes lo que necesitas en tu idioma y aparece funcionando.
Ese es el momento que buscamos el sábado a la tarde: cuando abres en tu teléfono algo que hiciste tú y que antes ni sabías por dónde empezar. Después de eso ya no se vuelve atrás.
Si todavía no lo hiciste, no es por falta de ganas. Son cuatro, y el diseño de estos dos días está hecho alrededor de ellas.
«Yo no soy técnico. Me voy a perder en la primera hora.»
Nadie programa. Describes lo que necesitas en tu idioma y el sistema lo escribe. Pero eso no alcanza si es la primera vez que abres la herramienta.
Por eso hay dos clases cortas antes, para hacer en casa, que te dejan con la herramienta instalada y con un primer proyecto mínimo ya publicado. Llegas el sábado habiendo hecho algo, no mirando una pantalla nueva.
«Ya probé con ChatGPT. Me ayudó a escribir cosas, pero mi negocio quedó igual.»
Y tienes razón. Eso es usar la IA para pensar, y está bien que sirva para eso. Pero si cierras el chat y la empresa quedó igual, lo que hiciste fue pensar mejor, no cambiar el negocio.
Acá se construye algo que sigue trabajando cuando cerraste la computadora: con su dirección, sus datos y sus usuarios.
«Son dieciséis horas un fin de semana. No sé si aguanto, y no sé si voy a llegar.»
No es una conferencia de dieciséis horas. Más de dos tercios del tiempo estás construyendo lo tuyo. Lo conceptual entra concentrado a la mañana y después en cápsulas de cinco o diez minutos, cuando hace falta.
Y sobre llegar: no todos avanzan a la misma velocidad, y está previsto. Cada uno trabaja a su ritmo, con acompañamiento al lado. Nadie se va sin algo funcionando y sin el paso siguiente escrito.
«Lo vengo resolviendo a mano hace años. Funciona. ¿Para qué mover algo que funciona?»
Justamente por eso traes un proceso y no una idea. Tomas algo que ya conoces de memoria y lo resuelves bien de una vez. El resto de tu empresa sigue donde estaba.
Y te llevas la instrucción para repetirlo con el próximo proceso sin nosotros. Al final lo que se mueve es otra cosa: cuánto te cuesta cambiar cualquiera de tus procesos.
No apuntes. Cuatro cosas tuyas, que te llevas.
Durante años, construir exactamente lo que tu negocio necesitaba costaba meses y un presupuesto que no tenías. Hoy lo describes en tu idioma y aparece funcionando: el código lo escribe la IA. Por eso esto se puede aprender en dos días y no en dos años.
Estos dos días son sobre eso. Primero la decisión, después la construcción, y al final los agentes que operan adentro.
Cuál te toca depende del proceso que traigas, y eso se decide el sábado a la mañana.
Pantallas de ejemplo, con datos inventados. Lo que construyas va a tener la cara de tu negocio.
Si ya trabajaste con alguna de estas herramientas, puedes saltearlas. Si nunca lo hiciste, te las recomendamos con énfasis: son las que hacen que el sábado a la mañana no se te vaya en instalar.
Dos clases online de dos horas, grabadas. Te llegan al confirmar tu lugar, junto con el instructivo de instalación. Las ves cuando puedas.
Para que llegues sabiendo qué va a pasar, y no descubriéndolo en la sala.
Con el instructivo al lado, para hacerlo mientras miras.
Lo que sí hace falta el sábado: llegar con una de las tres herramientas instalada y con su plan activo. Eso toma veinte minutos y el instructivo te lleva de la mano. Las dos clases son para entender qué vas a hacer con ella.
Todo sobre tu propio caso: un proceso que conoces y que hoy te consume tiempo. Sin casos de estudio ni ejercicios inventados.
Antes de elegir qué construir, entiendes por qué casi todo el mundo elige mal. La IA cambia cómo tu empresa crea y entrega valor. Por eso delegarla al área que sabe de sistemas sale caro.
Vas a distinguir dos cosas que se confunden todo el tiempo: usar la IA para pensar mejor, y poner la IA a operar adentro de tu negocio. Las dos sirven. Solo una cambia tus números. La prueba es simple: si cierras el chat y tu empresa quedó igual, te ayudó a pensar.
Y algo que te va a ahorrar dinero: automatizar tu proceso actual suele ser la peor idea. Es el mismo proceso, con los mismos errores, más rápido.
Te llevas cuatro preguntas para aplicarle a cualquier proyecto de IA que te propongan de ahora en adelante: qué me baja los costos, qué me baja los riesgos, qué me deja en un lugar único frente a mis clientes, y cómo lo compruebo antes de gastar.
Miras tu propio negocio en dos capas. A quiénes le sirves y qué valor le entregas a cada uno —eso es tu modelo de negocio—. Y cómo lo haces: con tu equipo, con terceros, o ahora también con inteligencia artificial.
Recorres tu negocio pedazo por pedazo con una sola pregunta: dónde entra la IA operando, no ayudándote a pensar. Y cada idea que te aparece la escribes como proyecto: quién gana con esto y qué devuelve.
Ahí eliges de qué tipo es lo tuyo, mirando lo que necesitas que pase:
Y una decisión que casi nadie toma: a qué le vas a decir que no. Noventa y nueve proyectos posibles y uno que conviene. El foco es lo que hace que algo llegue a funcionar y no quede a mitad de camino.
Sales de este bloque con tu proyecto elegido, su tipo de solución definido y el porqué escrito.
Alcanza para decidir y para que no te vendan cualquier cosa. Programar es otra cosa, y no hace falta. Qué es una API. Dónde vive tu información. Quién entra y qué puede hacer cada uno. Dónde van las claves —y por qué nunca en la ventana del chat—. En qué se diferencia una prueba de algo que ya está operando. Cómo se guardan versiones y respaldos.
En una hoja, antes de tocar nada: qué entra, qué pasa adentro y qué tiene que salir. Ahí está el tiempo bien invertido.
Con eso escrito, abres tu ventana y haces el primer pedido. Llegas al almuerzo con algo empezado.
Construyes · 30 min.
El bloque más largo del día, y el que vale el fin de semana. Trabajas sobre tu proceso con acompañamiento en la sala, y ves en pantalla cómo se resuelve esto mismo en ventas, en finanzas, en operaciones, en administración.
Cuando alguien se traba en algo que le sirve a varios, se resuelve adelante de todos. Y lo conceptual entra ahí mismo, en cápsulas de cinco o diez minutos: dónde están los resultados rápidos, qué hacer cuando se traba, cómo se sigue un pedido entre dos áreas, y el paso que casi nadie da: pedirle la instrucción que te habría llevado directo al resultado, y guardarla.
Y lo publicas. Sale una dirección en internet y la abres en tu teléfono.
Construyes · 3 h 30, con una pausa corta adentro.
Muestras dónde estás, sea donde sea. Entre negocios distintos aparece algo que solo se ve así: el mismo problema resuelto de cinco maneras, y ninguna estaba escrita en ningún lado.
Algo tuyo funcionando, con su dirección propia.
y al otro día
Se retoma lo que ayer se trabó. Qué patrón apareció en varios casos, qué conviene volver a explicar ahora que ya lo viviste. Este bloque se arma con lo que salió anoche, no con un guion.
No todos llegan al domingo en el mismo punto, y eso está bien. Si todavía estás con tu primera pantalla, hoy trabajas para tener algo que funcione. Si ya tienes algo andando, hoy lo llevas a que otra persona lo use: datos reales, usuarios, publicado. Si llegaste más lejos, empiezas a conectarlo con lo que ya usas.
Las cápsulas de la mañana son para eso: cómo achicar el alcance sin perder el proyecto, en qué se diferencia una prueba de la operación viva, cómo se guardan versiones, quién entra y qué ve cada uno, y cuánto te va a costar por mes —con los números de lo que acabas de construir—.
Construyes · 2 h 45, con pausa corta adentro.
Sin misterio. Un agente tiene cuatro cosas: instrucciones, archivos, contexto y herramientas. No hay más. Visto de cerca resulta bastante menos impresionante de lo que suena.
Vas a poder distinguir qué te están vendiendo. Asistente, flujo automático y agente son tres cosas distintas, con precios muy distintos, y hoy te las ofrecen con el mismo nombre. Lo decimos con todas las letras: buena parte de lo que se vende como agente se resuelve mejor, y más barato, con un asistente bien armado.
Y cuándo conviene cada uno: un sistema no se equivoca; a un agente le pides dos más dos y cada tanto se equivoca. Cuanto más repetitiva es la tarea, más conviene un sistema. La prueba: ¿contratarías a una persona para bajar cinco facturas? Si no, tampoco un agente.
Dirigirlo es management, y eso ya lo sabes hacer. Se diseña como el puesto de una persona: para qué está, qué hace solo, qué necesita que firmes tú, cómo se mide y quién lo supervisa.
Con las mismas herramientas de ayer. Ese es el punto: no hay un segundo aprendizaje. Lo que ayer te construyó un sistema, hoy te construye un colaborador.
Y tiene una versión mínima que está a tu alcance hoy: instrucciones, un par de archivos y por escrito hasta dónde puede decidir solo. Eso ya es un agente.
Lo pones a correr y lo ves equivocarse, que es parte del trabajo: nadie le pone límites a algo que todavía no vio fallar. Recién después escribes qué hace solo y qué te consulta.
Construyes · 3 h, con pausa corta adentro.
Empezar chico, mostrar y expandir: un frente, un responsable, una métrica, algo visible en semanas. Y cómo hacerlo entrar sin pelea: que el primer proyecto le resuelva algo a los que se resisten. El primer sistema tiene que aliviarle el día a alguien.
Escribes tu plan y lo revisamos ahí mismo, incluido el paso siguiente de lo que te haya quedado a medias.
Tu agente con sus límites escritos, la instrucción para repetirlo y tu plan de treinta días.
Te vas sabiendo para qué sirve cada escalón, así puedes reemplazar cualquiera cuando salga la que sigue. Una lista de herramientas de moda te dura seis meses.
Para decidir mejor, pensando con ellos.
Respuestas que citan de dónde salieron, y cuadernos sobre tu propio material.
Presentaciones, imagen y video para tu material comercial.
Le das instrucciones y documentos, y queda listo para tu equipo.
Sobre tus archivos, tus planillas y los sitios que usas todos los días.
Describes la pantalla y aparece.
Aplicaciones, integraciones y sistemas completos, conversando en tu idioma. Es la que instalas antes de venir.
Los datos, la puesta en línea y una dirección para que tu equipo entre.
Cuando sabes construir una herramienta, sabes construir un colaborador. Ese es el punto.
«Los nombres van a cambiar. La escalera no.»
Scalabl es una empresa híbrida. Varias áreas las llevan colaboradores agénticos con rol definido, conducidos por un equipo humano mínimo, sobre una plataforma propia con buzones, tableros y estadios de aprobación. Y construimos para otras empresas: software en producción, en semanas.
Esta es la primera edición presencial. Lo que sigue es de quienes se formaron con nosotros en la comunidad de IA de Scalabl, con la misma manera de trabajar: primero para qué, después cómo.
«No vengo del mundo técnico y aun así pude incorporar la IA a mi trabajo y a cómo acompaño a otras personas. Todo es claro, aplicable y con propósito, justo lo que necesitaba para dar el salto.»
«La diferencia está en la profundidad: no son recetas, es un marco para construir con IA de verdad. Apliqué lo aprendido a mis propios proyectos y los resultados llegaron rápido. Calidad y efectividad poco comunes.»
«Llegué buscando ordenar el uso de IA en la empresa y me llevé criterio para decidir qué aplicar y cuándo. Pasamos de probar herramientas sueltas a integrar la IA en procesos reales, con impacto concreto.»
«Fran ha construido una comunidad donde el contenido, compartir conocimiento y experimentar juntos reduce enormemente la barrera de entrada a un cambio que, al principio, parece inabarcable.»
Más de 500 empresas, universidades y organismos en más de 50 países. Y más de 3.000 profesionales formados.
Creador de la Metodología Scalabl®. Economista y MBA, con formación ejecutiva en Harvard, MIT, Stanford, Chicago Booth, Kellogg, INSEAD y Singularity. LinkedIn Top Voice y, para Forbes, el Hacker de las Startups.
Co-fundador de más de 50 empresas. Ha acompañado la creación de más de 500 y la potenciación de más de 1.000, y formado a más de 3.000 profesionales en más de 50 países.
No abre la jornada y se va. Está en la sala mientras construyes, mira lo que sale en tu pantalla y responde en el momento. Y al cierre del sábado se queda, ahí mismo o cerca, para seguir la conversación del día.
El intensivo se dicta en una ciudad por vez, y esta es la primera edición presencial. Después de Buenos Aires sigue en otra ciudad.
Con su dirección, que guarda datos y que otra persona puede usar el lunes.
Qué resuelve solo, qué te consulta y cómo se mide.
Es la diferencia entre haber resuelto una cosa y haberte quedado con la capacidad.
Cuándo alcanza un asistente, cuándo hace falta un agente y cuánto cuesta cada uno.
De la decisión al sistema publicado, para volver a hacerlo con el próximo proceso.
Un frente, un responsable, una métrica. Escrito y revisado en la sala.
Sí, y es el punto. Nadie programa: describes lo que necesitas en tu idioma y el sistema lo escribe. Lo único que te pedimos es traer un problema tuyo y haber hecho las dos clases previas.
Poco, pero sí: las dos clases cortas y la herramienta instalada con su plan. Son unos setenta minutos de video y veinte de configuración. Te llegan al confirmar tu lugar.
Hay acompañamiento en la sala durante todo el taller y preguntas en el momento. Cada uno avanza a su ritmo: no todos llegan al mismo punto, y está previsto. No te vas sin algo funcionando y sin el paso siguiente escrito.
Ese te enseñó a pedirle cosas a un chat. Acá construyes algo que sigue trabajando cuando cerraste la computadora.
No es una conferencia de dieciséis horas. Más de dos tercios del tiempo estás construyendo lo tuyo. Se pasa distinto.
Es tu ventaja. No hay comité ni seis meses de evaluación: decides el martes y el miércoles está andando.
Se paga por uso, sin licencia mensual fija. En el curso ves el número de lo que acabas de construir, con tus volúmenes.
Te llevas la instrucción para repetirlo y tu plan de treinta días. Lo que construiste es tuyo, está en tus cuentas y sigue funcionando.
Sábado 17 y domingo 18 de octubre · Buenos Aires · de 9 a 18
Sábado 17 y domingo 18 de octubre, de nueve a seis. Hay cupo y se trabaja sobre tu caso, así que empezamos con una conversación breve. Cuando confirmas, te llegan las dos clases previas y el formulario para contarnos qué proceso vas a traer.
El sistema que construiste importa menos de lo que parece. Lo que queda es otra cosa: la próxima vez que veas algo que se te come las tardes, ya no vas a pensar que no se puede.
Te escribimos para coordinar tu entrevista.